jueves, 4 de abril de 2013

M (V)

El caos de grietas del glaciar empezó a discurrir bajo dos pies de M. Rodear esta grieta, saltar la otra, avanzar, retroceder, volver a avanzar... en cualquier momento en suelo se abriría bajo sus pies y todo acabaría. Desaparecida en los dominios de los hielos eternos en mitad de la noche.

Las pocas estrellas que aparecían entre las nubes la ayudaban a orientarse. La dirección era más o menos correcta, pero sin conocer la ruta segura que evitaba las grietas del glaciar, caminaba sobre un campo de minas.

Caminaba, pero no avanzaba. Las agujas graníticas que bordeaban el glaciar y que tomaba como referencia no se movían. Una sensación de frustración recorrió su cuerpo... pero en seguida se rió. Tener que caminar un poco más no era nada comparado con todo lo que había pasado. Estaba en terreno llano, a una cota razonablemente baja, con recursos para llegar hasta el campo base, si es que seguía allí. Lo peor ya había pasado, ya no quedaba más que un mero trámite.

Al cabo de unas horas las fuerzas empezaron a flaquear de nuevo. Paró, derritió un poco de nieve para conseguir agua y se comió otra barrita. Aún le duraban los efectos de la última dosis de anfetamina, así que no tomó más. Sabía que aún le quedaban pastillas de sobra, pero no quería abusar, tomar más de la cuenta haría que se obsesionase con cualquier cosa, igual se quedaba embobada clavando el crampón en el hielo... en su época de universidad ya le pasó algo parecido: se tomó unas cuantas anfetas para estudiar, pero antes de ponerse son los apuntes quiso fregar los platos de la cena, pero las pastis hicieron efecto antes de lo que pensaba, y se pasó toda la noche fregando toda la vajilla de la casa. Ni se molestó en presentarse al examen, claro.


Las horas pasaban y el avance era desesperantemente lento. El caos de grietas no acababa y la oscuridad de la noche no dejaba ver el final del valle. Sin las escaleras y pasarelas que se ponían durante la temporada de expediciones, ganar unos cuantos metros suponía tenía que hacer rodeos interminables para sortear grietas de las que no se veía el fondo. Cuando eran estrechas las saltaba, y más de una vez estuvo a punto de caer en sus entrañas.

Poco a poco el hielo iba haciéndose más sucio. Eso era una buena señal, se estaba acercando a la morrena frontal; pronto se acabaría el hielo y podría caminar si miedo a caer en el abismo. Las estrellas habían recorrido un largo camino y comenzaba a vislumbrarse la claridad de un nuevo día, ¿o acaso era la luna, que salía tarde? Cada vez había más luz, y eso era suficiente.

Llegó un momento en el que ya había desaparecido todo el hielo. Bajo los pies de M no había más que roca. Se quitó los crampones y los guardó junto con los piolets en su anoréxica mochila. Caminó dando tumbos sin ninguna dirección determinada; había desperdicios y restos de las tiendas del campo base de la montaña, pero ya no quedaba nadie, todo el mundo se había retirado con la entrada del mal tiempo, ni siquiera quedaba una expedición rezagada.

Amaneció del todo. Plásticos, trozos de tela, latas de cerveza vacías... desolación. Recorrió la morrena como la única superviviente del apocalipsis. No había nada que le pudiese ser útil. Restos de un naufragio. M se sentó tratando de pensar cuál sería su estrategia para llegar a un sitio civilizado... si es que le quedaban fuerzas para ello. El agotamiento extremo empezaba a hacer mella en su inquebrantable voluntad de vivir, y la falsa idea de encontrarse en un sitio seguro empezó a instalarse en su mente.

En su subconsciente, M empezó a oír un zumbido. No le hizo demasiado caso, pensando que serían ilusiones de su cerebro cansado. El sonido se hizo más fuerte, y vio que era real ¿un bicho? ¿un abejorro? Cada vez era más fuerte, pero hasta que M no vio el viejo helicóptero soviético acercándose, no fue consciente de la enorme suerte que había tenido.

Se levantó y agitó los brazos, tratando de llamar la atención del piloto. El aparato hizo un círculo alrededor de ella y tomó tierra a una distancia prudente. Bajaron tres personas y se dirigieron hacia ella. Todo era confuso y sólo lograron entenderse chapurreando un poco de inglés. M quiso decirles de dónde venía, las penalidades que había pasado y que no sabía cuántos días llevaba peleando por su vida. Entró casi a rastras en el helicóptero, la tumbaron y taparon con mantas y tras dar un par de sorbos a una bebida caliente quedó profundamente dormida.

Despertó en la habitación de un hotel. Había ropa limpia, algo de dinero y una tarjeta de visita de la universidad de Seúl. Le dolía todo el cuerpo, tenía un hambre terrible y su cuerpo rezumaba el olor de muchos días en la montaña. La vergüenza de oler a yak muerto la hizo desperezase e ir directamente a la ducha. Recibió el agua caliente como una bendición, y quedó varios minutos sintiendo cómo resbalaba por su cuerpo maltrecho. Ya aseada, se vistió y salió de la habitación. Bajó las escaleras y se encontró con un grupo de asiáticos ensimismados en su portátiles. Todos alzaron la mirada al mismo tiempo y se les dibujó una amplia sonrisa. Sobraban las presentaciones, ellos eran los que la habían sacado de la montaña. Hablaron mientras M asaltaba el buffet libre. Por lo que le pareció entender, sus rescatadores no eran montañeros, sino científcos que iban a recoger instrumentos que habían dejado por la zona, aunque estaban sobre aviso de que había alguien perdido.

En poco tiempo gestionaron el viaje de vuelta de M. El vuelo saldría en unas pocas horas... en la vertiginosa despedida uno de los coreanos le dio una piedra pintada con los ojos de Buda. Era un souvenir barato que se podía encontrar en cualquier rincón de Kathmandu, pero en aquel momento lo recibió como el mayor regalo que le hubiesen hecho.

Prisas y más prisas. M recogió sus cosas, volvió a despedirse de sus amigos y cogió un taxi directo al aeropuerto. Como en una película de ciencia ficción, en unas cuantas horas se encontraría en la otra punta del universo, en un mundo ajeno al País de las Montañas, preguntándose si todo aquello no habría sido más que un sueño.



Continuará...



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