jueves, 7 de julio de 2011

¡Manda huevos!

El huevo es un alimento que está muy presente en nuestra gastronomía y que ha sido consumido desde tiempos inmemoriales. Es esencial en una dieta equilibrada; es rico en proteínas de fácil asimilación (tiene los 9 aminoácidos esenciales), hierro, fósforo, selenio, zinc, vitaminas A, B1, B2 y D, ácido fólico, biotina, colina, etc. Es bajo en calorías y la mayor parte de la grasa está en forma de ácidos grasos insaturados. Un huevo mediano tiene unos 2 g de lecitina, un ácido graso que favorece el metabolismo del colesterol (también presente en este alimento), además de tener otros efectos beneficiosos para el organismo. Vamos, que son todo beneficios.

Pero tampoco hay que pasarse con el consumo...

¡El desayuno de los campeones!

Cuando hacemos la compra solemos coger la bandeja de huevos que está más a mano, pero no todos son iguales: tal vez las gallinas que los han puesto están enjauladas sin poder moverse o tal vez viven en un corral, picoteando y moviéndose libremente. Desde enero de 2004, en la cáscara del huevo hay un código impreso con información acerca de esto y de más cosas.



  • El primer dígito nos informa de cómo viven las gallinas ponedoras (3, 2, 1 o 0). Más adelante veremos lo que significa cada uno.
  • La segunda parte del código (dos letras) es el código ISO del país miembro de la Unión Europea del que procede el huevo (ES para España, D para Alemania, etc).
  • La tercera parte del código informa del productor: Provincia, municipio e identificador de la explotación.

Cómo viven las gallinas ponedoras:

Código 3. Huevos producidos por gallinas criadas en granja. Están encerradas 24 horas al día sin espacio para moverse, en jaulas diseñadas para facilitar la recogida de los huevos. Se les corta el pico y se les controla la iluminación para maximizar la producción. Tienen acceso continuo a comida y agua y a una alimentación equilibrada. La mayoría de los huevos que hay en el supermercado son producidos así.


Gallinas enjauladas


Código 2. Huevos de gallinas criadas en el suelo dentro de naves, con cierto espacio para moverse y los equipamientos que necesitan, como ponederos, zona con agua y comida y dormideros. La densidad de gallinas suele ser bastante alta, y se les controla la luz para aumentar la productividad.


Gallinas criadas en suelo


Código 1. Huevos de gallinas camperas: Como las anteriores; además tienen libre acceso al exterior, donde picotean, escarban, se dan baños de arena...


Gallinas camperas, felices y comiendo lombrices.


Código 0. Huevos de producción ecológica: Las gallinas, además de tener acceso a corrales al aire libre, son alimentadas con piensos procedentes de la agricultura ecológica. La alimentación y los tratamientos que reciben están regulados de manera bastante estricta.


Gallinas ecológicas. Comen mejor que muchas personas.


En principio no hay diferencias entre los valores nutricionales de los huevos producidos de una manera u otra, pero… bueno, los que hemos vivido en un pueblo conocemos bien la diferencia de sabor entre un huevo puesto por una gallina criada en el huerto de casa y el de una gallina anónima de granja.



Fuentes de las fotos:

lunes, 20 de junio de 2011

Gredos

La vertiente sur de la sierra de Gredos se alza desafiante sobre las mesetas manchega y extremeña. Sus desniveles de 2000 m presentan un interesante reto montañero para quienes quieren alcanzar las cumbres más elevadas. Acercarse a Gredos desde el sur es como visitar montañas nuevas: el paisaje, los pueblos de sus laderas, el carácter de la montaña… todo eso no tiene nada que ver con lo que uno se encuentra por la otra vertiente.

La actividad que me propuso mi amigo Harry no fue moco de pavo: realizar una travesía que, saliendo desde el Puente Pinillo nos llevase hasta la Portilla Bermeja siguiendo el camino del tío Domingo, atravesar la base del Almanzor hasta el Venteadero y bajar por la Garganta de Tejea, por la que desembocaríamos de nuevo en el Puente Pinillo, donde habíamos dejado el coche. 1800 m de desnivel de subida y otro tanto de bajada para dos jornadas y media de actividad. Esta actividad puede plantearse para dos días, con la paliza que ello implica. Nosotros nos lo planteamos con un poco más de calma, que bastante estrés hay ya durante la semana…


Acepté sin dudar un instante la proposición y el viernes por la tarde salí de ese infierno de ruido, chulería y contaminación, también conocido como Madrid, para poner rumbo a Navalmoral de la Mata, nuestro punto de encuentro. Desde allí fuimos hasta en Raso (hay un castro que merece la pena visitar) y tras seguir por una pista forestal que puso a prueba la maltrecha amortiguación de Xsarita llegamos al puente Pinillo. Carga de mochilón y a tirar pista forestal p’arriba, hasta llegar a unos llanos cómodos para pasar la noche, situados donde termina la pista. Desde allí nos quitamos unos 200 m de desnivel, pero conviene seguir subiendo durante más o menos una hora más, hasta llegar a unas praderas muy cómodas, con agua a mano, además nos habremos quitado un buen desnivel, lo que agradeceremos el día siguiente.

Fuente de Majalvenero, el último punto donde encontramos agua hasta pasar a la vertiente norte. Conviene abastecerse bien aquí.



La segunda jornada fue toda de subida, con pocas treguas. El camino del tío Domingo sube hasta el collado de la Barra, y sigue por lo alto del cordal de manera bastante cómoda hasta el Sillao de la Peña de Chilla. En este punto nos adentramos en terreno más agreste... jejeje, los últimos 400 metros de desnivel van a hacerse duros de pelar, pero el esfuerzo merecerá la pena cuando lleguemos a la Portilla Bermeja y nos asomemos al Circo de Gredos.


Ante nosotros, los metros más duros de la ascensión.



Pasando el Risco Redondo

Desde la Portilla Bermeja subimos hacia nuestra izquierda por un terreno un poco caótico de grandes bloques de granito que bordea el Almanzor por la vertiente sur y nos lleva hacia la Portilla de los Cobardes, y tras bordear el Cuchillar de Ballesteros, a la portilla del Venteadero. Aprovechando que el tiempo era excelente, no hacía nada de viento y teníamos agua cerca decidimos dormir en ese collado, un balcón privilegiado desde el que se domina gran parte del macizo principal de Gredos.

La Portilla Bermeja.


La Portilla del Venteadero, donde pasamos la noche.




Los últimos rayos del sol bañan las agujas de los Hermanitos.


Preparando el vivac.



Al día siguiente, desde el Venteadero ponemos rumbo a la garganta de Tejea, bordeando por abajo los riscos del Gutre y llegando a la Portilla de Cinco Lagunas. Desde allí seguimos con tendencia a bajar, como yendo hacia la garganta de Bohoyo, pero al llegar a una valla de piedra la seguiremos en dirección a los Castillejos. A partir de aquí la bajada no es evidente, hace tiempo existía un camino que bajaba hasta el río, pero se encuentra perdido. Nosotros tuvimos que atravesar un buen tramo de piornales, pero posiblemente si hubiésemos seguido un poco más por la cresta, hasta los riscos del Joral, la bajada habría sido más cómoda, pero no es seguro. Llegando al cauce del río podremos encontrar hitos que nos encaminen hacia el sendero que baja. Al principio no son muy abundantes, pero a medida que lleguemos a zonas más transitadas los seguiremos con cierta facilidad. Más o menos hacia la mitad de la garganta hay una majada, a partir de la cual conviene prestar especial atención al camino, puesto que se pierde fácilmente y podemos vernos metidos en una auténtica jungla de helechos. El camino discurre a media ladera, no pierde mucha altura y va a dar a un puente, que lo cruzamos y nos encaminamos directamente hacia el Puente Pinillo.

Cinco Lagunas.


Hacia el collado de Bohoyo.


Habitantes de Gredos.


El inicio de la Garganta de Tejea.


Durante las interminables subidas a uno se le pasan por la cabeza muchas cosas, y siempre hay alguna canción que se repite una y otra vez. No está mal eso de tener el spotify metido en las neuronas, uno se ahorra el cargar con el mp3. Comparto con vosotros algunos temas de la ecléptica banda sonora que me acompañó:







lunes, 13 de junio de 2011

M (interludio)

M se va a tomar unas vacaciones, mientras decide si viene o va, si sube o baja de la montaña. Tiene que aclararse un poco, pobrecilla...




A ver si a lo largo de esta semana pongo una entrada sobre la vertiente sur de Gredos, sus brutales desniveles e interminables gargantas.

lunes, 23 de mayo de 2011

Toma la calle - LEÓN

Os dejo un par de vídeos que robé del blog de mi amiga Isa y alguna otra cosa que he encontrado por ahí para que veáis como fueron las jornadas de protesta en mi tierra. Fue una lástima no poder estar con mi gente, pero el ambiente de Sol también fue acogedor (subiré fotos).




Cacerolada!!! que se nos oiga bien!!!


El viaje continúa... esto no acaba con las elecciones, seguiremos dando guerra hasta lograr una democracia real.

miércoles, 11 de mayo de 2011

¡¡¡Toma la calle!!!



Un pequeño paréntesis de las aventuras de M para hacer un llamamiento a tod@s los que estamos hasta los mismísimos de que los que manejan el cotarro en este país y en el mundo nos mangoneen como mejor les parezca.

http://democraciarealya.es/

Parece que la gente ya empieza a reaccionar y a darse cuenta de que la situación actual es insostenible y que hay muchas cosas que deberían cambiar. Hay convocatorias por toda España, pero yo haré un poco de publicidad de la que se está organizando en mi tierruca, en León. Si estáis por ahí no faltéis.

http://democraciarealya.es/?page_id=1155





La convocatoria es para el 15 de mayo, pero espero que la gente vuelva a salir a la calle las veces que hagan falta hasta que la clase política se de cuenta de que no gobierna a una panda de borregos que tragan sin rechistar toda la mierda que les echan.



Somos más humanos, más dignos y más respetables.

SOMOS MÁS


martes, 26 de abril de 2011

M (III)

M no tenía muchas opciones: hacer una cueva en la nieve para pasar la noche o seguir avanzando en mitad de la oscuridad y la tormenta. Optó por la cueva.

Qué más da, o muero congelada en este agujero o despeñada por ahí... al menos cavando me mantendré en calor.

Bajo la cornisa en la que se había acurrucado la nieve parecía un poco más blanda, así que empezó a cavar con la pala del piolet. Maldijo a los chicos de Grivel-Mosser por diseñar esas palas minimalistas (si es que no las eliminaban de sus modelos), quizás a los frikis del dry tooling que escalan a 20 minutos del coche les son cómodas, pero ¡qué cojones! ella necesitaba una herramienta en condiciones.

Si me hubiese traído una pala de verdad ya estaría a resgurado... Mark tenía razón en su libro, cavar una cueva a pioletazos es una locura.

Los golpes se sucedían rítmicamente, acompasados por la respiración jadeante. Poco a poco iba ganando centímetros a la nieve, y su refugio provisional iba tomando forma. Al cabo de un par de horas había logrado hacer un agujero más o menos decente y se metió en la funda de vivac. Dio un par de bocados a una de las úlimas barritas que le quedaban, inspiró profundamente (más de lo habitual a 8000 m) y por fin dejó su mente en blanco.

Tras las horas de esfuerzo y angustia, sin un segundo para relajarse, agradeció tener un poco de tiempo para ella, para observar despreocupadamente las curiosas sombras que proyectaba la luz de su frontal sobre las paredes de la cueva, la nieve suelta resbalando ladera abajo, el viento, inagotable, soplando con furia, o cómo las puntas de los crampones sobresalían burlonas por la funda recién rasgada.

Soy gilipollas...

Como en un reloj de arena, su mente en blanco comenzó a llenarse poco a poco, imperceptiblemente, de sonidos, recuerdos, pensamientos carentes de sentido. Voces de sus amigos, conversaciones de antes de partir hacia las montañas, ruidos extraños y murmullos cada vez más altos, hasta que eclipsaban el incansable ulular del viento. M escuchaba atenta y se dejaba mecer por esos sonidos inquietantes, hasta que en un rincón de su cabeza una voz le decía que no eran reales, que estaba sola en mitad de la nada. Su mente daba un respingo y volvía a oír sólo el sonido del viento, sintiéndose de nuevo abandonada.

El juego mental duró toda la noche, la ayudaba a no quedarse dormida y morir congelada. La claridad del nuevo día no lograba abrirse paso entre la densa capa de nubes de la tempestad, pero aún así M decidió ponerse en marcha y tratar de acabar de una vez por todas con la agonía de esa maldita escalada. Salió de la funda de vivac y la embutió en la mochila, comió el trozo de barrita que le había quedado de la cena, bostezó y se estiró como un gato. La falta de oxígeno hizo que se marease, y tardó un poco en ponerse en marcha. En silencio, con la mente en blanco, salió de la cueva, echó la vista atrás para despedirse de ella y avanzó lentamente por las rampas de nieve que conducían a la cima.

La tormenta no era tan fuerte como anoche, y había un poco más de visibilidad. Avanzó a ciegas, siempre hacia arriba, buscando el punto más alto. Su respiración volvía a ser agónica, el esfuerzo y la falta de agua y comida le pasaban factura, pero no pensaba volver a hacer el esfuerzo de quejarse ante la tarea que tenía por delante, era una manera inútil de gastar las pocas y preciosas energías que le quedaban.

Imbécil… si no hubieses lloriqueado tanto ayer hoy tendrías más fuerzas para avanzar. En fin, tira p’adelante, que no queda otra.

Un paso, inspirar, expirar, otro paso, inspirar… el tiempo pasaba lentamente y ella apenas avanzaba. En el fondo sabía que no tenía por qué lograrlo, había pasado el límite del agotamiento, no le quedaba nada, sólo una fuerza de voluntad que no sabía de dónde había salido. Cuando flaquease no habría ningún compañero que la ayudase, que le ofreciese un trago de agua o un par de caladas de oxígeno. Quedaría parada unos instantes, caería de rodillas y lentamente empezará a acurrucarse, agradeciendo un descanso y una tregua a tanto sufrimiento. Allí quedaría, dándose cinco minutos más hasta que sus miembros quedasen congelados y su corazón dejase de latir. La perspectiva no le asustaba, pero el instinto le hacía rechazarla y dar siempre un paso más hacia arriba.

M se sorprendió al ver que la subida había terminado, estaba en una superficie más o menos plana, todo alrededor descendía…

Mierda, ¿qué coño es esto? ¿Cómo mierdas salgo de aquí?

Unas banderas de oración que asomaban de entre la nieve hicieron que se diese cuenta de que se encontraba en la cumbre. La tortura de la ascensión había terminado, ahora sólo quedaba el maldito infierno del descenso.

Inspiró un poco del tenue aire, dedicó un breve pensamiento a su compañero desaparecido y empezó a buscar las cuerdas fijas que ponían los valientes sherpas para que los turistas ricos subieran y bajaran cómodamente.



Continuará...

martes, 5 de abril de 2011

M (II)

Comenzaba a atardecer y la luz del sol se colaba bajo las cada vez más densas nubes de tormenta, tiñendo la pared de clores cálidos. El frío y el cansancio dejaron de existir, y M empezó a sentir cómo la suave brisa de verano se colaba bajo su vestido azul de seda. Tras la lluvia de la tarde, la arena de la playa estaba fresca, y disfrutó de cómo se hundían sus pies desnudos mientras se acercaba a la orilla. Su perra Zelda jugaba con las olas. M cerró los ojos y dejó que el viento la despeinase. Por un momento en su vida sitió que las cosas tenían sentido, que a pesar de todo existen momentos felices.



Se había recuperado bien de sus lesiones, había cortado por lo sano con el gilipollas de su novio, tenía un curro decente y se había ido a vivir al lado del mar, lejos, muy lejos de la gran ciudad. Escuchaba música, descuidaba la dieta y el entrenamiento, tocaba la guitarra, paseaba por la tarde con Zelda, su nueva y peluda amiga, y en su casa nunca faltaban amigos, cerveza ni porros. M era feliz.

Un golpe seco en su casco la hizo salir del trance de manera violenta. La piedra hizo que cayese lo suficiente para dislocarse el hombro, quedando colgada de uno de los piolets, que quedó empotrado en una fisura helada. Notó cómo todo el peso de su cuerpo y de su cabezonería colgaba de los ligamentos, tensos como las cuerdas de un violín. Sentía cómo crujían. Trató de clavar el otro piolet en una columna de hielo que parecía bueno, pero el lacerante dolor la hizo desistir. Tampoco había dónde colocar los pies, las mínimas rugosidades por las que había subido ahora no inspiraban confianza alguna. Se enfadó consigo misma, por haber elegido escalar montañas, por no conformarse con la vida gris e insustancial que mantenía a sus amigos sanos y salvos en su casa, con su hipoteca, su pareja y su coche. Se enfadó porque iba a morir “haciendo aquello que amaba”…

Dios… ¿cuántas veces habré oído esa frase? “murió haciendo lo que le gustaba”. Hostias, como si se lo estuviesen pasando en grande, no te jode…

Olvidando el dolor del hombro hizo un esfuerzo desesperado para elevarse sobre un pie totalmente precario y afianzar su piolet en hielo bueno. No le costó tomar la decisión, era lo que había que hacer, eso o esperar a que sus tendones terminasen de desagarrarse. En otra montaña más fácil se habría rendido, esperando que su compañero detuviese la caída… pero no era el caso, evidentemente.

Me la juego. Todo o nada.

Quedó en un tramo de hielo decente, con los pies bien afianzados. Movió el brazo herido y el hombro rugió como una hormigonera hasta quedarse en su sitio. Gritó, pero no sintió dolor. Gritó por tener que continuar la escalada con un brazo inútil. Gritó de frustración, ira, de que no acabase ya la tortura.

Una tras otra… esto nunca acaba… ¿a qué espera esta maldita montaña para acabar conmigo?

Inspiró, llenando sus pulmones de aire vacío y se arrastró por tramos de hielo negro, rocas sueltas y nieve polvo. Ya no había playas, perros, ni vestidos de seda. La tortuosa escalada de antes se asemejaba a una tarde haciendo deportiva con los colegas, comparada con lo que tenía por delante.



Reptó penosamente, afianzándose en las más ridículas ñapas, sin esperanza alguna, batallando por seguir unos minutos más con vida, luchando para que el siguiente instante no fuese el último, sabiendo que no todas las presas tenían por qué aguantar el peso que colgaba de su único brazo bueno. Odió la montaña de la que era prisionera, la maldijo mil veces. Odió el día que se le pasó por la cabeza escalarla, odió los días de preparativos, de permisos, de viaje. Odió la aproximación y la aclimatación. Odió el primer paso que la encaminó hacia ella y el primer pioletazo en la pared. Odió escalar, cansarse, perder a su compañero. Odió la batalla que estaba librando, las ridículas ensoñaciones y las monótonas pendientes de nieve que se extendían ante ella y que la separaban de la cumbre, a unos centenares de metros. Odió la noche que se había echado encima y el rugido de la tormenta.

Bajo una cornisa que apenas la protegía trató de calmar su furia. El terreno difícil ya había quedado atrás, pero era imposible seguir de noche, en mitad de la tormenta y desorientada, sin saber hacia dónde estaba la vía de descenso. Pasar ahí la noche era una locura tan grande como tratar de descender a ciegas.



continuará...